En medio de la tormenta

27/Dic/2016

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

En medio de la tormenta

No pierdo proporciones. Lo que escribo,
creyendo modestamente aportar algo con mis pensamientos al análisis de los
temas de actualidad, lejos está de ser el centro del mundo. Y como saben quienes
me leen, no suelo escribir con las vísceras. No le quito corazón, pero trato de
hacerlo más que nada con la razón.
Así que eso de «en medio de la
tormenta» que elegí de título, no apunta a que me crea que lo principal
sea lo que yo opino, ni de lejos, sino a que los debates desatados a raíz de
algunas opiniones que emití estos días, me hicieron pensar nuevamente en lo
difícil de resolver el conflicto israelo-palestino.
Primero, en una nota titulada «¿Qué está
mal en la resolución del Consejo de Seguridad?», critiqué la resolución
2334 del Consejo de Seguridad de la ONU del viernes 23 de diciembre calificando
de «ilegales» los asentamientos israelíes en Cisjordania. Aclaré que
no lo hacía por defender necesariamente a los asentamientos-tema que amerita un
análisis separado- sino por el hecho que la ONU no tiene tanta energía para
tratar temas claves del mundo, como las terribles matanzas en Siria, como sí
tiene muy a menudo para condenar a Israel. Esto, entre otras cosas, como determinar
de antemano que la solución al conflicto israelo palestino debe ser en las
líneas del 4 de junio de 1967, previas a la Guerra de los Seis Días, algo que
las partes deberían negociar en forma bilateral, y que la comunidad
internacional no tiene derecho ninguno en imponer desde afuera.
A raíz de esa nota, me criticaron todos los
que consideran que los asentamientos son un obstáculo para la paz y que Israel,
por su propio bien y por el futuro de la paz con los palestinos (hoy no muy
visible en el horizonte por cierto), debe terminar con los asentamientos,
retirarse y hacer posible, en los territorios en los que éstos fueron erigidos,
crear un Estado palestino independiente.
Y dado que en mi artículo había destacado,
entre otras cosas, cómo es que Israel llegó a ocupar los territorios hoy en
disputa, también se me dijo que en lugar de analizar el origen del conflicto,
debo proponer cómo solucionarlo y que ello debe pasar por el fin de la
ocupación.
Luego critiqué en otra nota publicada en mi
página de Facebook, bajo el título «Se requiere cordura», la forma en
que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu reaccionó, adoptando una serie de
medidas contra los países que apoyaron la resolución en cuestión. Opiné que
eran un «craso error», una respuesta «irresponsable» y que
el efecto podría ser contraproducente. No discutí su derecho -y ahora agrego,
prácticamente obligación- a responder y dejar en claro por qué Israel se oponía
a lo votado en el Consejo de Seguridad, pero consideré que el modo en que
decidió hacerlo traería resultados negativos en lugar de solucionar algo.
Me consta que detrás de las bambalinas,
fuentes en Jerusalem concuerdan con mi apreciación, aunque lamento no poder
especificar. No por mí, sino por esas fuentes a las que debo reserva.
Me pareció clave también recalcar que
discrepar con la política de asentamientos no debe automáticamente verse como
ataque contra todo Israel. No, no es lo mismo. Que hay antisemitas que se
disfrazan de legítimos críticos de tal o cual política de Israel y atacan la legitimidad
misma de Israel como Estado, de su lucha por defenderse, es un hecho conocido,
tema aparte. Pero discrepar con los asentamientos es legítimo. Los propios
israelíes están divididos al respecto.
Pues aquí llegaron las críticas del otro lado,
de quienes consideraron que con mis comentarios públicos contra la reacción del
gobierno, estaba fortaleciendo a los enemigos o mostrando ceguera ante los
errores de los palestinos.
Modestamente, ni una cosa ni la otra.
El común denominador en este debate, es la
vehemencia en general de los comentarios desde la izquierda y la derecha. Uso
estos términos siendo consciente de que son un poco simplistas y muy
especialmente del hecho que en Israel, tienen un significado distinto del que
conocemos en América Latina. En Israel, los términos valen más que nada para
hacer referencia a posturas en cuanto al conflicto con los palestinos,
adoptando la izquierda posiciones más conciliadoras y dispuestas a tener más
confianza en nuevos intentos de diálogo, mientras que la derecha, más
conservadora, considera que Israel ya ha intentado demasiadas veces, fue
traicionado, se arriesgó en vano y no puede hacerlo de nuevo.
Claro está que así como hay matices en ambos
lados, hay también posiciones extremas que no caen en esta descripción general
que he hecho aquí.
Vehemencia, decía yo aquí arriba.
Eso no es problema. Uno es vehemente cuando le
importa algo y la sangre le bulle en las venas. Mientras no se insulte, está
bien. Quien escribe pensando que no se le debe criticar, pues que no escriba.
El problema es cuando de la legítima
discrepancia se pasa al insulto, al agravio personal, a todo eso que las redes
sociales permiten con mayor libertad.
Y fue muy simbólico cuando esta mañana, al
abrir mis páginas de Facebook, justamente teniendo fresco el fuerte debate
-tormenta le llamé yo, a raíz de mis artículos- encontré numerosos mensajes de
cuya existencia no me había percatado antes, enviados meses atrás por distintas
personas sobre diversos temas personales y periodísticos, entre ellos dos
opuestos y al mismo tiempo idénticos.
Uno era de una mujer judía que me acusaba de
lo peor y de ayudar al odio de los enemigos, meses atrás, por haber escrito una
nota en la que yo condenaba con duros términos algunas actitudes de los así
llamados «jóvenes de las colinas», grupos de jóvenes judíos en
puestos no autorizados en Cisjordania (Judea y Samaria), que rehusaban acatar
la ley del Estado y estaban dispuestos a chocar con soldados israelíes, y que
con ese comportamiento, contradecían el espíritu de la democracia israelí.
«Para no aportar nada y difundir el odio, mejor no escribas», era su
sabio consejo. No la estoy citando literalmente, sí en espíritu.
Otro, de alguien que por su apellido estimo
que no es judío, que se limitó a un «mensaje» original de dos
palabras: «rata sionista». Me elogia pensar que me leyó en varios
artículos defendiendo a Israel y de allí llegó a su tajante conclusión sobre mi
condición. Al señor del mensaje, cuyo nombre no haré el favor de repetir aquí
porque ni siquiera puedo saber si es el suyo o un disfraz: sionista sí, seguiré
siéndolo, a mucha honra como decíamos de chicos, porque el sionismo es una
causa justa y la razón de ser de un Estado que aún en medio de guerras y
conflictos, tiene el corazón abierto para ayudar a los inocentes de entre sus
propios enemigos, como ser atendiendo a miles de heridos de la guerra en Siria
en sus hospitales. Rata no, porque las ratas se esconden. Y yo no pienso
hacerlo.
Seguiré tratando de aportar abiertamente mi
granito de arena .Y seguramente, como hasta ahora, habrá quienes concuerden y
quienes no. Lo que puedo asegurar es que no escribo sobre lo que no conozco
bien.
Tanto cuando critico alguna actitud del
gobierno israelí, como cuando defiendo a Israel.